


| Originario de las aguas frías y cristalinas de los mares del Polo Norte, el bacalao es un alimento lleno de tradición: hay registros de la existencia de fabricas para su elaboración en Islandia y en Noruega desde el siglo IX. Los grandes pioneros del consumo del bacalao han sido los Vikings que después de descubrirlo, lo secaban al aire libre (en la época no había la sal) hasta que se quedaba duro, perdiendo una quinta parte de su peso, para poder consumirlo en sus largos viajes marítimos. El bacalao empezó a ser comercializado curado y salado alrededor del año 1000. Los vascos expandieran el mercado del bacalao, convirtiendo el bacalao en un producto internacional, ya que la sal no dejaba que el pescado se estropease con facilidad. En la Edad Media el bacalao ganó el titulo de alimento duradero y de sabor más agradable que los demás peces salados. La influencia de la Iglesia fue otro factor determinante: el catolicismo imponía los días de ayuno, en los que no se podía comer carne lo que potenció el consumo del pescado. De esta forma, por aquél entonces la carne estaba prohibida durante casi la mitad de los días del año, y los días de ayuno se acabaran convirtiendo en días de bacalao salado. En la época de los navegantes, de largas y imprevisibles viajes por los océanos, fue fundamental el desarrollo de técnicas de preservación de los alimentos. El método de salar y secar los alimentos, además de garantizar su perfecta conservación mantenía todos los nutrientes y sabor del producto. El holandés Yapes Ypess fue el primero en fundar una industria de transformación en Noruega, siendo considerado el padre de su comercialización. A partir de entonces, la demanda del bacalao creció en Europa, América y África, lo que proporcionó el aumento de la flota pesquera y de pequeñas y medianas empresas a lo largo de la costa de Noruega, convirtiendo este país en el centro mundial de pesca y exportación del bacalao. |

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